En estos días concluye, en el hemisferio norte, un verano de los extremos climáticos. Los incendios forestales, las inundaciones, los anticiclones, las olas de calor marítimo y las decenas de miles de víctimas del calor extremo le robaron el disfrute a este verano. Los costos de este verano de extremos son incalculables con daños a la infraestructura, a la agricultura, al turismo, a la navegación aerea, y al transporte terrestre. Los costos sociales también fueron altos, afectando a los más vulnerables y produciendo refugiados y migrantes. Incluso, algunos ya hablan del impacto emocional de un clima extremo y reincidente. Ya lo llaman "el verno del cambio climático". Sin embargo, a pesar de que esta tendencia global ha estado gestandose por varias décadas, mucho se habla y poco se hace. ¿Necesitamos en la fe cristiana una nueva Teología ecológica que cambie nuestro estilo de vida?
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